PRELATURA

DE JULI

31.- Iglesia ante el Bicentenario: José Sebastián de Goyeneche y Barreda (1784-1872)

Su larga vida y de tanta responsabilidad le convierte en uno de los personajes decisivos del Perú de la Independencia. Nació en Arequipa el 19 de enero de 1784, hijo del militar y hacendado vasco Juan de Goyeneche y de María Josefa de Barreda y Benavides, arequipeña.

 

Su formación inicial fue en el Colegio de la Purísima Concepción. Pasa a la Universidad de San Marcos en Lima, donde se doctora  en Teología y Derecho en 1805 y se recibe como Abogado en 1806 ante la Real Audiencia, siendo uno de los fundadores del Colegio de Abogados. Será asesor del Tribunal del Consulado y de Minería, abogado y defensor de pobres en causas criminales. En 1807 fue ordenado sacerdote y regresó a Arequipa. El Obispo electo de Santa Cruz de la Sierra, Francisco Javier de Aldazábal, le nombró Examinador Sinodal y  consultor de Cámara . Fue cura interino de Calca (Cuzco), protonotario apostólico, gobernador eclesiástico del obispado de Arequipa y, desde el 17 de septiembre de 1811, párroco de Santa Marta. Emigró a Lima cuando Arequipa fue ocupada por las fuerzas revolucionarias de Mateo Pumacahua. En 1816 fue nombrado Inquisidor Apostólico honorario del Santo Oficio de Lima.

Consagrado obispo en el 1818, fue durante algunos años (1826-1835) el único obispo existente en territorio peruano. Aunque por lazos familiares y por sentimiento fue realista, en el momento de la Independencia actuó con prudencia y celo pastoral frente a la imposición liberal del Libertador Bolívar y el nuevo orden republicano; de hecho, tras la victoria de Ayacucho, Arequipa libre, Goyeneche no tendrá otra salida que bendecirlo.  con

Acreditado como Ministro plenipotenciario, representó al Estado Sud Peruano en la conferencia de Tacna de 1837, que sentó las bases de la Confederación Perú-boliviana. En 1859 pasará como arzobispo a Lima.

En su testamento legó una importante cantidad de dinero para la construcción de un Hospital en la ciudad de Arequipa. En 1861 el Gobierno pidió a la Santa Sede su capelo cardenalicio. Falleció en Lima el 19 de febrero de 1872 y sus restos mortales fueron enterrados en la Catedral de Lima.

Como señala su biógrafo E. Rojas Ingunza, fue un prelado del antiguo régimen. Se sintió hostil y extraño en el nuevo orden. Procuró dos objetivos muy entrelazados en su experiencia vital: proteger a la Iglesia en el nuevo orden y asegurar la continuidad de la grandeza familiar Hondo sentido de pertenencia a tres elementos: Roma, el clero como “corporación” vigilando por sus intereses materiales, el honor y el lustre social de los eclesiásticos; y su familia de sangre a la que sentía deberse del todo y deberle todo.  A pesar de estar tentado de emigrar, por amor a su Iglesia, a su pueblo, a su familia, nunca se fue.

Frente a los mitos de la historia que le propalaban como el “Papa de América” y el defensor de intereses diversos personales, familiares y corporativos, su grandeza estriba en haber enfrentado problemas extraordinarios de modo ordinario, sin brillo, pero con solidez institucional, sin rupturas. Tras la Independencia, el clero sigue participando en política, no sólo prestando medios sino como protagonistas. Las relaciones Iglesia-Estado oscilan en una dinámica movible que va desde el Patronato a la autonomía, pero en un contexto o clima de restauración soñando la extinta alianza trono-altar.